Custodia compartida. Mediación familiar y adopción.

Como se ha ido reflejando por diferentes profesionales, durante este monográfico sobre custodia y guarda compartida, podemos ofrecer varias perspectivas desde donde observar este hecho, y varios colores de cristal con el que mirarlo. Pero, seguramente, todos coincidamos en el mismo objetivo principal: el bienestar de los hijos.
Por: Jaime Ledesma del Busto, psicopedagogo y mediador familiar.

Y, como el rizo nunca está suficientemente rizado, proponemos un punto más sobre el que analizar la posibilidad de la guarda y custodia compartida. La adopción. Para ello, debemos ser conscientes de todos los sentimientos que envuelven a la persona adoptada –en este caso, todavía menor de edad-, que en parte son comunes a cualquier otro niño/adolescente, pero, además, hay algunos matices, especialmente delicados, relacionados con la condición de su medida de protección a la infancia. Es verdaderamente relevante, desde el punto de vista profesional, conocer profundamente estos conceptos en torno a la adopción, porque a la hora de tomar decisiones sobre la guarda y custodia pueden verse condicionadas las diferentes alternativas.

En primer lugar, no debemos perder de vista que, para un niño adoptado, al encontrarse frente a la separación o divorcio de sus padres, puede conectar de nuevo con un sentimiento aterrador, que suele aparecer en determinados momentos, como la sombra de un fantasma que le amenaza siempre: el sentimiento de abandono.

Aunque este sentimiento también está muy presente en otras personas que no son adoptadas y, precisamente en casos de separación y divorcio, es muy frecuente enfrentarnos a este doloroso sentimiento de pérdida, en el caso de niños adoptados se incrementa mucho más y tiene matices diferentes. Ellos ya han vivido un abandono por alguno de sus referentes, como mínimo una vez más en su vida. Por tanto, pueden sufrirlo como un ‘segundo abandono’, con una herida mayor de la que hubiera podido sentir cualquier otro niño.

Además de ello, conviene tener en cuenta otros sentimientos que pueden intervenir en el proceso de separación/ divorcio, en los que deben estar especialmente atentos los profesionales que participen en el caso. Las personas adoptadas suelen tener la creencia de haber sido afortunados al encontrar una familia, cuando en realidad se trata de haber cubierto un derecho fundamental, como medida de protección a la infancia. Sin embargo, esa creencia enmarcada bajo la ‘suerte’, hace que se sienta agradecido por la vida que disfruta, pensando que no se merece el derecho a quejarse, mostrándose complaciente y con enorme gratitud ante las personas de su alrededor.

Un niño adoptado, frente a al divorcio de sus padres, puede conectar de nuevo con un sentimiento aterrador: el sentimiento de abandono

Esa es la razón primordial por la que, si en un Juzgado o en un proceso de mediación familiar se cuenta con la opinión del menor, probablemente responda según lo que considere ‘correcto’, lo que debe decir por ‘agradar’ y complacer a quien corresponda, en determinado momento. Su objetivo principal será intentar reducir el conflicto de la manera que sea, para -sobre todo- evitar ser una carga para nadie, no vaya a ser que le abandonen.
Si tenemos en cuenta esta cualidad del adoptado en la manera de retener algunas emociones, su respuesta puede ser condicionada por la relación con un adulto; e incluso podría ser manipulada conscientemente por ese adulto que sepa detectar este talón de Aquiles del niño/ adolescente.

Además de estos sentimientos –mucho más complejos de lo que puede expresarse en un breve artículo como éste- pueden conectar con otras creencias que perturben el bienestar del menor adoptado. Según la etapa evolutiva en la que se desarrolle, pueden aparecer pensamientos y fantasías acerca de sus orígenes que, si coincide temporalmente con otros conflictos familiares, pueden cobrar intensidad y canalizarlo por una vía errónea.
Las preguntas sobre su historia de vida y las circunstancias que envuelven su condición de adoptado son naturales. Son datos que pertenecen a la narrativa necesaria para construir y reafirmar su identidad. Este desarrollo se ve ampliado durante la adolescencia.

Cuando esto último no se comprende bien y no se le respeta a un adoptado, afloran sentimientos de ira, incomprensión, tristeza… que quizás no sepa explicar (ni siquiera identificar). Si llega el momento de plantearle la guarda y custodia compartida, puede comenzar a comparar a sus padres (adoptivos) con sus padres biológicos, idealizan-do sus orígenes y mostrando inconformismo con las alternativas que se le presenten.

O, por el contrario -volviendo al sentimiento de gratitud-, al dedicar tiempo al pensamiento sobre su familia biológica, surge un conflicto de lealtad en el adoptado, considerándose a sí mismo injusto, desagradecido y traidor. En este caso, para descargar esa culpa, suelen enfocar su malestar hacia sus orígenes, mostrando desagrado hacia su cultura, su lugar de nacimiento y, especialmente, culpando y maldiciendo a su madre biológica. En cualquier caso, el conflicto interno no deja de removerle y le impide poder expresarse realmente hacia la situación actual de separación de sus padres (adoptivos).

Hasta aquí podrían quedar sólo enumerados, con ciertas pinceladas, algunos de los principales conceptos que conviene tener en cuenta a la hora de intervenir en la decisión de una guarda y custodia compartida, puesto que son factores que pueden influir durante el proceso y se nos pueden escapar a simple vista.

No sólo hablamos de esta punta de iceberg recogida en este artículo, también pueden enredarse diferentes sentimientos, que pueden relacionarse también con otra gran variedad de aspectos psicológicos más complejos; como, por exponer un ejemplo, posibles trastornos del vínculo de apego que haya ido acompañando a la relación del adoptado con su familia.

Por ello, es bueno acudir a un especialista en adopción y acogimiento para asesorarse, si no existe una formación específica al respecto; tanto por parte del profesional que lo lleve a cabo (abogado, mediador, psicólogo…), como de los padres en proceso de separación o divorcio (o de revisión de medidas).

Como último apunte, existe una similitud cercana a la guarda y custodia compartida en una familia separada/ divorciada, con la relación que puede existir entre ambas partes de un acogimiento permanente. Y más recientemente en adopción (Ley 26/2015, de 28 de julio), con la posibilidad de una adopción abierta, en la que existe contacto entre la familia adoptiva y la familia biológica.

Existe una similitud entre la guarda y custodia compartida con la relación que puede existir entre ambas partes de un acogimiento permanente

Evidentemente, no es el mismo caso y debemos salvar la distancia entre ambas situaciones. Para empezar a encontrar una diferencia esencial, a la familia biológica nunca le pertenece la guarda y custodia, en los casos de acogimiento/adopción; y sólo en algunos casos de acogimiento, puede pertenecerle la Patria Potestad.

Sin embargo, en el caso que nos ocupa este artículo, conviene señalar que la relación que mantienen los menores con su familia biológica (u otras personas relacionadas con sus orígenes) son positivas, siempre que hayan sido valorados sus beneficios previamente y exista una supervisión y acompañamiento profesional durante su desarrollo. Especialmente a los niños y adolescentes, este contacto les permite sentirse liberados de cierta carga emocional, culpa o responsabilidad de pensar que son ellos quienes tienen ‘abandonada’ a su familia biológica. Además, nace un sentimiento de identidad más completo, al conocer de primera mano su historia y los personajes que protagonizan una parte importante de ella. Tampoco surgen esas fantasías, dudas o temores sobre el gran interrogante de su procedencia biológica.

En general, cuando existe un contacto sano entre la familia (adoptiva o de acogida) y la familia biológica, el desarrollo del menor se establece en un tono más relajado. En la práctica, en algunos casos de adopción abierta, en el que se mantiene contacto con los orígenes biológicos, puede llegar a ser casi como una guarda y custodia compartida. Esta situación es muy positiva, cuando la relación es sana y voluntaria, porque favorece el bienestar de los hijos, que –no lo olvidemos- es el objetivo principal por el que todos velamos

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