Buen y mal trato en la edad mayor.

Con estas líneas pretendo hacer un replanteamiento de algunas de las ideas previas y creencias que tenemos sobre la vida en la edad mayor y hacer visibles determinadas situaciones que viven las personas mayores y que suponen una desconsideración al derecho a vivir de acuerdo con sus deseos. Aspectos que pueden requerir la intervención mediadora.
Por: Anna Freixas Farré, Gerontóloga y escritora

Algunas formas de trato hacia las personas de edad están tan arraigadas en lo cotidiano que nos parecen naturales, pero no lo son. Se suelen presentar como actitudes de protección, amor, cuidado, aunque en la práctica suponen prácticas de control y dominación. Incluso cuando la buena voluntad e intención se presuponen. Temas que como veremos requieren negociación y reflexión fundamentalmente por parte de las personas cercanas. Veamos algunos de ellos.

Familiaridad e infantilización.

Es difícil comprender porqué al cabo de los años la gente se siente con derecho a tratar a las personas mayores como si las conocieran de toda la vida y a llamarlas ‘abuela o abuelo’. La familiaridad sobrevenida y la consideración de que ser mayor supone ser abuela son formas abusivas de relación. Con la gente mayor, además, se utiliza un lenguaje infantilizado lento y simplificado, como si comunicarse y tratar con ellas exigiera retrotraerse a los inicios del lenguaje y del pensamiento. Son formas de relación que no tienen en cuenta la inteligencia y el saber a toda edad.

Las personas ancianas pierden las oportunidades de crecimiento intelectual y lo que se les propone tiene como objetivo hacer que pase el tiempo hasta la muerte

En nuestra sociedad las personas ancianas pierden las oportunidades de crecimiento intelectual y todo lo que se les propone tiene como objetivo distraer, entretener, hacer que pase el tiempo hasta que la muerte ponga fin a este estar en el mundo sin sentido. Sin plantearse que el saber es un estímulo potente y la sabiduría de los mayores supone una fuente de enriquecimiento para la comunidad y la familia y que la mejor manera de no caer en la demencia es poder mantener la mente en acción creativa.

Derecho a decidir. 

Ser agentes de la propia vida significa que a partir de un determinado momento del ciclo vital las personas disponemos de los medios para llevar las riendas de nuestra vida en todos sus ámbitos, participando de forma activa en las decisiones que nos atañen. Sin embargo, podemos constatar una forma especial de maltrato en la complicidad de la familia con otras personas e instancias que impiden que la persona mayor tome por sí misma todas y cada una de las decisiones que se refieren a su vida, su cuerpo, su dinero, su presente y su futuro. No se le informa, pregunta, respeta; probable mente con la mejor de las voluntades, que en ningún momento son excusa para obviar este derecho. Y desde luego habrá que plantear el derecho a ‘decidir quién tiene que decidir’, sea o no de la familia. Especialmente importante en las nuevas familias de elección que en los momentos claves son quienes disponen de mayor y mejor información sobre los deseos y necesidades de la persona vinculada.

Derecho a vivir la edad como se quiera. 

Puede ser que la decisión de vivir la edad mayor ?en términos de vestimenta, peinado, relaciones, uso del tiempo libre y personal, vinculación e implicación afectiva y emocional, política, social y ciudadana, por ejemplo? difiera de la imagen esperada de contención y modosidad asignada a la vejez. Vivencia externa y vivencia interna que en la práctica pueden chocar con la idea de vejez que tenemos en nuestra mente y generar tensiones con las personas cercanas.

La intimidad suele ser un derecho básico poco respetado en la edad mayor. Por ejemplo, en la necesidad de disponer de un espacio propio en el que organizar los objetos y recuerdos y todo lo que permite disfrutar de un mundo particular; en la libertad para administrar el tiempo, sin tener que dar cuentas de cómo, cuándo, dónde y con quién; en la exigencia de privacidad en la comunicación personal e íntima con quien se desea, sin necesidad de intermediarios; en el respeto al pudor para los asuntos corporales. Destaco, en este sentido, el desdén de la clase médica con la salud y la intimidad corporal, especialmente en las visitas hospitalarias en la que el cuerpo de los mayores se trata como un objeto. Requerimiento también de intimidad para la sexualidad, la sensualidad y la corporalidad íntima, consigo mismo, con la pareja o con otra persona. Necesidad de intimidad espiritual y anímica, si así se desea.

La ética del cuidado familiar.

Las creencias sobre la responsabilidad familiar en el cuidado están en nuestra cultura profundamente enraizadas. Algunas decisiones al respecto se toman partiendo de un criterio moral propio y otras por obligación y presión filial/paternal. Cuando la salud de una persona mayor muy cercana es excesivamente frágil y hay que dar un paso adelante, se produce un reto emocionalmente complejo. Se plantea una tensión entre el respeto a la independencia, la voluntad y el deseo de esta persona mayor y la responsabilidad filial. Proteger la independencia y la autonomía de los mayores supone respetar un orden y una continuidad en el tiempo respecto a la forma de relación, especialmente cuando se están produciendo transiciones de gran calado. Sin duda, esta situación genera una tensión que hay situar en el marco de una ética del cuidado familiar sobre la que queda mucho por elaborar. Cuando se produce un cambio en los roles tradicionales hace falta una negociación entre las dos partes, especialmente cuando se está ante un cambio en la relación de poder. En el terreno de los cuidados, además, encontramos numerosas creencias que generan conflicto. Se tiene el derecho a cuidar a quien se desea y también a no cuidar a quien la sociedad dictamina que se debería cuidar.

Se tiene el derecho a vincularse a las nietas y nietos y también a no hacerlo. Derecho a no ejercer de abuela o abuelo porque la sangre no llama en este sentido y también derecho a mantener el contacto y la relación con las nietas y nietos cuando se ha producido la separación de los progenitores ?otorgando un valor específico a la relación con ellos/as, más allá de la estructura familiar intermedia? si así se desea.

Vivir en casa.
 
Algunas negociaciones importantes en la vejez tienen que ver con la posibilidad y el deseo de vivir en la propia casa, sola o acompañada. La casa propia tiene un enorme significado simbólico y emocional. Es un espacio de seguridad y confort físico y afectivo. Las personas mayores desean permanecer en sus casas, donde están orientadas, saben dónde están las cosas y no tienen que ir pidiendo permiso. Prefieren vivir independientes y a ser posible en su casa, aun manteniendo lazos estrechos con los familiares próximos en lo que se denomina una «intimidad a distancia», que permite disfrutar de la familia preservando la propia independencia.

Conviene iluminar algunas situaciones abusivas frecuentes. Por ejemplo cuando las hijas e hijos que ya son mayores siguen viviendo en la casa beneficiándose del dinero, trabajo y cuidados de una madre o padre al que aparentemente cuidan, cuando la realidad confirma que no es esa la dirección del beneficio, al menos durante muchos años.

Aunque en el terreno de la vivienda la peor agresión consiste en convertirse en una madre o padre ambulante, yendo de casa en casa, según conveniencia de las hijas e hijos, perdiendo independencia, autonomía, casa propia, control sobre el dinero, la alimentación, la comunicación, la sexualidad, las relaciones y el espacio vital. Práctica presuntamente amorosa que implica control e invalida poco a poco, siendo origen de una pobreza y dependencia súbitas, cuando se vende la casa y se pasa a vivir para siempre en casa ajena. Vínculos afectivos/sexuales. La capacidad para la toma de decisiones personales es uno de los espacios de mayor control y menor respeto de los hijos e hijas hacia los progenitores mayores, especialmente cuando se trata de los vínculos afectivos/sexuales que éstos crean más allá de la pareja inicial. Cuando esto se produce se disparan todas las alarmas y con frecuencia las relaciones se ven alteradas, en función de la actitud de los hijos e hijas. A veces se producen tensiones al no comprender que estas nuevas relaciones pueden facilitar la superación de la pérdida de la pareja y mejorar el conjunto armónico del sistema familiar. En este momento se ponen en marcha temo-res diversos: el sentimiento de ‘traición’ al amor eterno hacia la pareja, incluso después de muerta; la presunción de intereses turbios por parte de la nueva pareja; temor a la pérdida de disponibilidad de la madre o padre que ahora resulta de tanta utilidad; miedos relativos al dinero, a la vida cotidiana, a la libertad, que se sustentan en la creencia de unos derechos sobre los progenitores que no corresponden a los/as hijos/as.

En el terreno de la vivienda la peor agresión consiste en convertirse en una madre o padre ambulante

En este terreno habrá mucho que negociar y reflexionar, también con las residencias e instituciones que se convierten en vigilantes represoras de la sexualidad de las personas mayores.

Vejez y dinero. 

En la edad mayor ha llegado el momento de gastar el dinero acumulado ?comprar confort, viajar, poner la calefacción, pagar a alguien que resuelva la intendencia doméstica, comer bien, darse gustos culturales, renovar el vestuario; rodearse de belleza en los objetos cotidianos, en las relaciones, en la casa?. Todo ello puede suponer, ciertamente, una fuente de conflicto. Con demasiada frecuencia los/as hijos/as ejercen un control sospechoso e injustificado sobre el dinero de madres y padres que desean gastarlo a su gusto, criterio y conveniencia.

Todos estos asuntos y otros muchos pueden ser fuente de malestar y conflicto entre la persona mayor y las personas cercanas y requerir un esfuerzo de mediación y equilibrio realizado por personas que hayan reflexionado al respecto, de manera que se evite un nuevo sometimiento de las personas ancianas a la familia y la sociedad.
 

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